30 de marzo de 2011

EL OCTAVO: NO MENTIR

No sé si el señor Ollanta Humala es católico. Aparentemente no, si tomamos en consideración, con el respeto debido, sus antecedentes familiares, en los que ha tenido gran importancia el pensamiento marxista. Sin embargo, es posible que en el colegio o en otro lugar y circunstancia haya tenido la oportunidad de conocer los mandamientos de la ley de Dios, donde el octavo dice: “No levantar falsos testimonios ni mentir”.

Al margen de aspectos religiosos, todo hombre de honor –y el señor Humala se presume que lo tiene– cuida mucho de faltar a la verdad, pues si no lo hace se denigra. Nada puede disculpar a quien miente, sobre todo en una coyuntura tan seria como el propósito de alcanzar la más alta magistratura de la nación. Quien allí llega debe ser un paladín de valores éticos. Víctor Hugo decía por eso: “La mentira es lo absoluto del mal. Mentir poco no es posible; el que miente, miente en toda la extensión de la mentira…”.

El candidato Humala ha presentado oficialmente su plan de gobierno, el cual contiene una inocultable impronta velasquista, estatista y el deseo de cambiar la Constitución para seguir la huella de Hugo Chávez y Evo Morales. El señor Humala agita ahora ante el periodismo nacional una declaración pública en la que se compromete a respetar los TLC firmados por el Estado, la libertad de prensa, etc., etc. Ese papel, que suscribió en gesto teatral para luego salir apresuradamente sin aceptar preguntas, no tiene ningún valor frente a lo que oficialmente está escrito en su plan de gobierno. Para ejercer la Presidencia de la República, si la voluntad ciudadana lo permite, basta jurar el cumplimiento de la Constitución en todos sus extremos, como lo hicieron en su día el recordado presidente Fernando Belaunde, Alan García, Valentín Paniagua y Alejandro Toledo.

Humala dice en su declaración ya mencionada que no buscará la reelección. ¿Hacía falta esa promesa? Simplemente bastaba decir que respetará la Constitución y, si fuera necesario hacerle alguna enmienda –que no sea la perversa y dictatorial de la reelección–, la Carta tiene los mecanismos legales para llevarla a cabo sin causar zozobras económicas ni crispación política que tanto daño causan a nuestro país.

Solo a guisa de ejemplo diremos que varios de los candidatos al Congreso por Lima, en la lista del señor Humala, tienen una muy antigua y activa ejecutoria marxista. Incluso, cuando alguno de ellos integró la Cámara de Diputados entre 1980 y 1985, rompió más de una lanza en defensa del delincuente asesino Abimael Guzmán y se rasgó las vestiduras ante los “atropellos y barbarie” de las fuerzas del orden. ¿Acaso han cambiado su modo de pensar esos candidatos? ¿No le pedirán al señor Humala que siga la línea “correcta”, es decir, la marxista, que ahora pretende maquillar con sus promesas absolutamente oportunistas y mendaces?.

Han pasado 30 años desde que el presidente Belaunde restableció la democracia en el país. Somos una nación donde abundan los jóvenes. Ellos, por obvias razones, no vivieron o no recuerdan el oprobio del velasquismo, que pretende revivir solapadamente Humala. Con él volvería el sectarismo de ese engendro que se llamó Sinamos y otras entidades de su misma clase donde se conculcó la libertad de los peruanos. Volvería igualmente la negra etapa de la falta de libertad de prensa. En su plan de gobierno Humala dice, respecto a los medios de comunicación, que haría lo siguiente: “Elaboración de una ley de comunicaciones audiovisuales que establezca un reparto equitativo y plural de los medios entre distintas formas de propiedad [privada, pública y social]… Esta ley constituirá el mecanismo de regulación a la expansión de las corporaciones que operan distintos tipos de medios”. ¿Cómo se manipulará, a la postre, esta sinuosa propuesta? Solo los asesores marxistas de Humala lo saben, pero la ciudadanía democrática lo intuye: la mordaza.

Dentro de dos años se conmemorará el centenario de la muerte de don Nicolás de Piérola, pero sus palabras siguen teniendo plena vigencia: “Lo que importa conocer de otro, especialmente si es hombre público, no es lo que dice ser su doctrina, y cómo habla, sino cómo obra. El que no conforma sus obras con sus palabras es un falsario, de quien es preciso temerlo todo”.