24 de marzo de 2011

FLOR DE LIZ

Ayer murió la mujer más bella del mundo. Y con ello, los medios de prensa abrieron una represa de adjetivos: luminosa, memorable, legendaria, incandescente, única. Como en pocos casos, hoy ningún superlativo resulta exagerado.

Su corazón no resistió. La mujer de la mirada violeta falleció tras una larga serie de dolencias que se ensañaron con un cuerpo antes perfectamente esculpido. La inmortalidad de su recuerdo nos devuelve ahora el perfecto retrato de una Elizabeth Taylor brillante en el escándalo social y la interpretación actoral, del objeto del deseo para la platea masculina de los años cincuenta y sesenta, y la diva de los modistos más renombrados. Fue, además, la maestra de varias generaciones de mujeres que aprendieron de su elegancia, su estilo y de su ejemplo para liberarse de los maridos aburridos.

¿Qué convierte a una actriz en leyenda? Los anglosajones acuñaron la frase “bigger than life” para hablar de aquellas estrellas extraordinarias cuya intensidad supera la sumatoria de una fotogénica imagen, una larga lista de películas importantes o una vida turbulenta y apasionada. Liz Taylor no necesitó morir joven para convertirse en un mito. Por el contrario, su poderosa influencia en la cultura popular radica en haber nacido casi a los ojos de su público, y proyectado su carrera a lo largo de la edad de oro del cine. Liz es la diosa que decidió envejecer al lado de nosotros, los mortales.