18 de marzo de 2011

EL ESTERTOR DE VELASCO

Ollanta Humala se presenta ahora con una imagen y un discurso menos agresivos. Incluso reconoce que el país está creciendo, lo que, si hubiese lógica, implicaría una aceptación del modelo económico. Además, bien asesorado por especialistas brasileños, ha empezado a segmentar el mercado electoral y ofrece beneficios considerables a grupos específicos: una pensión de jubilación para todos los mayores que no la tengan, cunas para todos los bebes y niños, universalizar la educación inicial (aunque esto lo ofrecen todos), subir sueldos, etc. En lugar de reducir costos y trabas para que los informales se formalicen y contribuyan para acceder a seguridad social y pensiones, propone regalar la seguridad y las pensiones para que no tengan necesidad de formalizarse y mantener, así, a una clientela política permanente: dependientes en lugar de ciudadanos.

¿Cómo financiaría esa costosa distribución de beneficios y sueldos? Pues también lo ha dicho: subiendo considerablemente la carga tributaria a la minería. Ha precisado que el canon minero –que es el 50% del Impuesto a la Renta, es decir, 15 puntos– lo pagarán las empresas y no el Estado, lo que quiere decir que los 15 puntos se agregan a los 30. Estamos hablando, entonces, de un Impuesto a la Renta de 45% cuando menos. A esto se agrega un impuesto a las sobreganancias y nuevas regalías. Tranquilamente podríamos llegar, entonces, a una carga de 60%, sin considerar el 8% de las utilidades que va a los trabajadores. Es decir, una carga boliviana, que es lo que ha causado que las reservas de gas en ese país hayan caído a la cuarta parte. En buena cuenta, la receta perfecta para que no venga más inversión, más aun considerando que ya hoy, tal como estamos, la carga tributaria sobre la minería es mayor que en nuestros competidores como Chile y Australia, aun después de que estos han incrementado regalías. Tendríamos entonces, sí, más ingresos durante un tiempo para financiar beneficios a los informales y otros gastos sociales. Pero la fiesta duraría poco. Mataríamos a la gallina de los huevos de oro. Al retraerse la inversión, el gobierno nacionalista pasaría a la segunda etapa, señalada en el plan de gobierno: la nacionalización de los sectores estratégicos, signifique ello lo que signifique. Y acaso al círculo vicioso de las expropiaciones, como en Venezuela. Y al cambio de la Constitución, para legalizar el cambio del modelo económico. De esa manera, habríamos echado por la borda la conquista más importante de la nación peruana en su historia republicana: un crecimiento acelerado y sostenido que no quema sino genera reservas, que no expulsa sino repatria capitales, y que reduce la pobreza de manera rápida. Sería el estertor de Velasco Alvarado.

Por: Jaime De Althaus Guarderas