10 de abril de 2011

EL TODO POR EL TODO

De acuerdo con ridículas leyes, no podemos revelar las últimas encuestas o hacer propaganda electoral, cosa totalmente discriminatoria porque basta entrar a Internet para saber cuáles, quiénes están favoritos.

Dicha restricción no impide, sin embargo, explicar por qué votar. Así, primero cumplamos con exhortar a todos a concurrir a las ánforas aun cuando consideremos que el voto debe ser facultativo.

Sin dramatismo y sin sumarnos a la campaña de demolición contra algún candidato, advirtamos que el Perú se juega mañana el todo por el todo. De un lado, hay un conjunto de tres candidatos principales que, con pocas diferencias programáticas, propone darle continuidad a un modelo político y social basado en el libre mercado, la constitucionalidad y el respeto por las libertades civiles y los derechos humanos en términos liberales.

Es una lástima que por lo menos dos de ellos no hayan depuesto sus candidaturas para endosar al favorito, a tenor de las encuestas y su clara involución en las últimas semanas. Eso hubiese sido un acto de madurez política, pero era demasiado pedir en un contexto en el que los partidos han sido desplazados por los clubes electorales; los mismos que se mueven en base al inmoral voto preferencial.

Votar por uno de los candidatos que propugna continuar con el modelo es la mejor alternativa. Desde 1990, cuando comenzó el terrible ajuste estructural, el Perú ha padecido las consecuencias de la irresponsable administración populista del pasado; muy especialmente las del velasquismo que arruinó al país por su visión socializante, dictatorial y opresiva.

Tras la experiencia autocrática y corrupta del fujimontesinismo ha costado muchísimo estabilizar nuestro país, porque en el año 2001 el Perú venía de una recesión irresponsablemente provocada a mediados de 1997 y una crisis institucional que se excusaba en la falsedad de que Montesinos había derrotado al terrorismo.

El toledismo primero y después el aprismo responsable (el del segundo García) permitieron que hoy nuestra nación atraviese por el mejor período de bonanza y estabilidad de toda su historia republicana. Cosa que nadie se atreve a negar.

El Perú a inicios del 2011 tiene las más altas reservas internacionales de su vida independiente, la inflación es casi irrelevante, el empleo ha mejorado de manera sustantiva y tanto la pobreza como la miseria se han reducido notablemente. Hay, además, un nuevo espíritu nacional que nos ha llevado a revalorizar la condición de peruanos y la voluntad de hacer patria.

Por supuesto, los retos son infinitos. Por eso es urgente elegir a quien tenga la capacidad de orientarnos hacia una economía social de mercado, que suprima los excesos del neoliberalismo, pero que no rompa el modelo de base. Una cosa es trabajar desde dentro para acelerar la curva del progreso y la justicia social y, otra, muy grave es proponer cambios radicales. Formas que se embozan en discursos edulcorados que nada tienen que ver con los planes de gobierno oficialmente registrados.

En democracia proponer no está prohibido, todos tienen derecho a sostener lo que crean. Pero los electores no podemos ser ingenuos y creer que el cambio radical –aquel que comienza con una nueva Constitución y nadie sabe dónde termina– podrá hacerse en democracia.

La historia ha demostrado que los proyectos mesiánicos, teñidos de retórica socializante y formas fascistoides, inevitablemente de-sembocan en el fracaso. Y fracasar significa que, en aras de un ideal extremista, se recorten libertades fundamentales, se deje de lado la estabilidad jurídica y se mande al trasto todo lo avanzado. Además, geopolíticamente está claro que un eventual gobierno de este tipo terminará alineándose con quienes hoy son los grandes farsantes de la subregión: Hugo Chávez, Fidel Castro y Evo Morales.

El elector debe, pues, meditar muy bien lo que va a decidir. ¿Quiere seguir luchando por un país mejor sobre la base de lo que ya existe, o quiere echar todo por los suelos, comenzar de cero y lanzarse a la aventura?
En cuanto a la otra candidatura, esa que hoy no podemos mencionar pero que pretende ser la reedición de un modelo autoritario reciente, hay que ser precisos: la estabilidad económica no puede dejarse librada a la eventual voluntad antidemocrática. Nuestro pueblo no puede verse absurdamente en la situación límite de vender su primogenitura por un plato de lentejas.

Si de verdad somos demócratas, seamos consecuentes y votemos por quien nos ofrezca garantías de buen gobierno y libertad integral. ¡Hagamos todo lo posible para que no se cumpla el vaticinio horrendo de Vargas Llosa sobre tener que elegir entre el cáncer terminal y el sida!