1 de julio de 2011

ENTREVISTA A GUSTAVO GUTIÉRREZ

Fundador de la Teología de la Liberación, para el padre Gutiérrez la pobreza es una injusticia que debe ser erradicada. Considera que, en ese sentido, hay mucho camino por recorrer.

En las últimas semanas, el padre Gutiérrez visitó la Católica para participar en el congreso internacional “Arguedas: la dinámica de los encuentros culturales” y la inauguración del auditorio que ahora lleva su nombre, en la Facultad de Ciencias Sociales. Entre una y otra actividad, se dio unos minutos para conversar con nosotros. “Una vez más en la Católica, padre”, lo saludo. “Vengo a menudo. Tengo varias cosas en la Católica, siempre”.

Arguedas fue uno de los pioneros en retratar las grandes fragmentaciones que tiene, todavía, el país: los conflictos de raza, de clase y de maneras de ver el mundo.

Eso es algo muy propio de él; Arguedas siempre ha buscado representar la totalidad del país, una totalidad conflictiva, pero de posibilidades. Ese es su gran mensaje. Él describe y reivindica, y plantea también problemas de fondo. Creo que es la razón de su vigencia: esos problemas de fondo continúan; revisten formas distintas, pero están ahí. Pero Arguedas plantea posibilidades. A mí me gusta mucho la literatura. Los científicos sociales necesitan mucha literatura.

¿Cuáles son estas posibilidades?

La riqueza cultural del país, por ejemplo. Esta, a veces, no es comprendida. Él peleó, precisamente, porque se comprenda mejor la cultura del mundo andino. Reivindica esos valores y también la riqueza natural del país.

Las diferencias culturales que Arguedas trata de revalorizar son valoradas actualmente solo superficialmente. En el último proceso electoral, por ejemplo, se notó una fragmentación del país, una descompresión absoluta. Diría, incluso, una especie de desprecio por los pobres, las personas con bajos niveles de educación, la cultura andina…
Eso prueba precisamente que las cuestiones de fondo permanecen. Yo no frecuento las redes sociales, pero parece que era un desborde de racismo y desprecio. Eso muestra que esas fragmentaciones permanecen, pero esto no quiere decir que no haya logros. Hay personas que reaccionan contra eso. Arguedas ha motivado mucho a que las personas no acepten una cosa así. Son procesos largos. Un momento, una persona o un autor no pueden cambiar un problema que viene de siglos, pero ahí está su testimonio.

¿Cree que se ha avanzado en cuanto a integración y respeto en el país?
Depende. Estas cosas son complejas. Si uno piensa en el ideal, realmente se ha avanzado muy poco; pero si uno compara con realidades anteriores, yo diría que sí, que hay avances, aunque claramente insuficientes. Pero, de todas maneras, el hecho de que usted me pregunte sobre eso quiere decir que hay algo que cambia. Hace cuarenta años no preguntaban sobre eso. No quiero presentar un optimismo superficial, estoy convencido de que estos problemas básicos continúan.

Uno de los grandes temas que marcó la división en el último proceso electoral fue el tema económico. Había un sector que quería mantener un modelo y otro que reclamaba un cambio.

Hay un olvido de otros aspectos tan importantes como el económico: el desprecio por una cultura, el racismo, la desigualdad. La desigualdad es impresionante. Esta tiene, claro, un factor económico capital, pero no es el único. La desigualdad está ligada a otras cosas. Las personas que no quieren cambiar el modelo económico lo simplifican todo; creen que solo con inversiones cambiará la cosa, con el famoso chorreo. Pero en este país, contra las leyes de la gravedad de Newton, el chorreo va para arriba, no desciende. Creo que decir que no se debe cambiar el modelo económico es tener una visión minúscula de la realidad peruana. Si lo que quieren decir es que lo económico es importante, y que eso hace crecer y da trabajo, está bien; pero eso no es desarrollo humano, es desarrollo económico, del cual una inmensa parte de la población no participa.

Se dice que el país crece, pero ¿dónde quedan los pobres?

Ese es uno de los grandes dramas del país. Yo creo que hay un olvido, ligado al menosprecio, de las necesidades humanas básicas de una proporción muy alta del país. Cuando se dice que disminuye la pobreza, se habla de la puramente la económica y estadística. Para mí la pobreza es mucho más global: es el menosprecio, la inferioridad. La desigualdad es una de las notas más graves de la pobreza, y esa está muy presente en el país.

Si no se requiere únicamente de crecimiento económico, estamos hablando de desarrollo humano. ¿Cómo lo entiende?
Respeto a la persona. Arguedas tenía una manera de decir eso: que nos traten como semejantes. Semejante significa igual. Usted conoce esa expresión mexicana que ya ha entrado un poco acá: “Igualado”. Es decir, alguien que pretende ser igual, pero que no lo es porque yo pertenezco a otro nivel social, cultural o económico. A mí me parece que el desarrollo humano tiene que tomar todas esas otras perspectivas —el respeto de ideas, la libertad de expresión. Quienes simplifican la situación del país a una cuestión puramente de crecimiento económico tienen una visión muy estrecha. Lo que van a lograr es que no avance en lo que realmente importa, que es el desarrollo humano.

Siempre me ha preocupado esta visión en la cual los pobres son una presencia ineludible, que siempre van a estar ahí. La postura que se toma en el país para aliviar su situación es, básicamente, el asistencialismo. No se hace un verdadero esfuerzo por incorporar a los pobres a una sociedad que va creciendo y de la cual ellos quedan fuera.

Toda persona debe ser gestora de su destino. La ayuda inmediata a una persona puede ser necesaria en urgencias o para promover una mayor conciencia de sus necesidades, pero eso es engañoso. Para muchos, la pobreza es un hecho que no se puede cambiar, es algo así como una fatalidad. Bueno, eso no es cierto. La pobreza es resultado de manos humanas; si la hicimos, podemos deshacerla.

¿La Iglesia debería asumir un papel más importante en las políticas Estado?

No sé si en las políticas de Estado. En la doctrina social de la Iglesia, hay exigencias muy grandes con respecto a la igualdad, a lo familiar, al derecho a expresarse. Si con “políticas de Estado” quiere decir “valores que deben estar presentes”, estoy de acuerdo. Pero no le toca a la Iglesia proponer en forma concreta tal o cual camino o tal o cual candidato. La Iglesia, sobre todo en los últimos años, ha tomado una actitud de mayor participación contra la injusticia, y la pobreza es una injusticia.

En este momento, vinieron a buscarlo. El padre Gutiérrez iba ser comentarista en la presentación del libro: Del “Perú hirviente” a la “cultura chicha” en el medio urbano limeño, de Enrique Camacho, una de las actividades programadas como parte del congreso internacional sobre Arguedas. “No alcanzamos a conversar sobre la próxima inauguración del auditorio que llevará su nombre”, le comento. “Es una gracia que me han hecho. Las gracias nunca se merecen, se agradecen”, responde.

Entrevista: Rosario Yori