30 de marzo de 2011

EL OCTAVO: NO MENTIR

No sé si el señor Ollanta Humala es católico. Aparentemente no, si tomamos en consideración, con el respeto debido, sus antecedentes familiares, en los que ha tenido gran importancia el pensamiento marxista. Sin embargo, es posible que en el colegio o en otro lugar y circunstancia haya tenido la oportunidad de conocer los mandamientos de la ley de Dios, donde el octavo dice: “No levantar falsos testimonios ni mentir”.

Al margen de aspectos religiosos, todo hombre de honor –y el señor Humala se presume que lo tiene– cuida mucho de faltar a la verdad, pues si no lo hace se denigra. Nada puede disculpar a quien miente, sobre todo en una coyuntura tan seria como el propósito de alcanzar la más alta magistratura de la nación. Quien allí llega debe ser un paladín de valores éticos. Víctor Hugo decía por eso: “La mentira es lo absoluto del mal. Mentir poco no es posible; el que miente, miente en toda la extensión de la mentira…”.

El candidato Humala ha presentado oficialmente su plan de gobierno, el cual contiene una inocultable impronta velasquista, estatista y el deseo de cambiar la Constitución para seguir la huella de Hugo Chávez y Evo Morales. El señor Humala agita ahora ante el periodismo nacional una declaración pública en la que se compromete a respetar los TLC firmados por el Estado, la libertad de prensa, etc., etc. Ese papel, que suscribió en gesto teatral para luego salir apresuradamente sin aceptar preguntas, no tiene ningún valor frente a lo que oficialmente está escrito en su plan de gobierno. Para ejercer la Presidencia de la República, si la voluntad ciudadana lo permite, basta jurar el cumplimiento de la Constitución en todos sus extremos, como lo hicieron en su día el recordado presidente Fernando Belaunde, Alan García, Valentín Paniagua y Alejandro Toledo.

Humala dice en su declaración ya mencionada que no buscará la reelección. ¿Hacía falta esa promesa? Simplemente bastaba decir que respetará la Constitución y, si fuera necesario hacerle alguna enmienda –que no sea la perversa y dictatorial de la reelección–, la Carta tiene los mecanismos legales para llevarla a cabo sin causar zozobras económicas ni crispación política que tanto daño causan a nuestro país.

Solo a guisa de ejemplo diremos que varios de los candidatos al Congreso por Lima, en la lista del señor Humala, tienen una muy antigua y activa ejecutoria marxista. Incluso, cuando alguno de ellos integró la Cámara de Diputados entre 1980 y 1985, rompió más de una lanza en defensa del delincuente asesino Abimael Guzmán y se rasgó las vestiduras ante los “atropellos y barbarie” de las fuerzas del orden. ¿Acaso han cambiado su modo de pensar esos candidatos? ¿No le pedirán al señor Humala que siga la línea “correcta”, es decir, la marxista, que ahora pretende maquillar con sus promesas absolutamente oportunistas y mendaces?.

Han pasado 30 años desde que el presidente Belaunde restableció la democracia en el país. Somos una nación donde abundan los jóvenes. Ellos, por obvias razones, no vivieron o no recuerdan el oprobio del velasquismo, que pretende revivir solapadamente Humala. Con él volvería el sectarismo de ese engendro que se llamó Sinamos y otras entidades de su misma clase donde se conculcó la libertad de los peruanos. Volvería igualmente la negra etapa de la falta de libertad de prensa. En su plan de gobierno Humala dice, respecto a los medios de comunicación, que haría lo siguiente: “Elaboración de una ley de comunicaciones audiovisuales que establezca un reparto equitativo y plural de los medios entre distintas formas de propiedad [privada, pública y social]… Esta ley constituirá el mecanismo de regulación a la expansión de las corporaciones que operan distintos tipos de medios”. ¿Cómo se manipulará, a la postre, esta sinuosa propuesta? Solo los asesores marxistas de Humala lo saben, pero la ciudadanía democrática lo intuye: la mordaza.

Dentro de dos años se conmemorará el centenario de la muerte de don Nicolás de Piérola, pero sus palabras siguen teniendo plena vigencia: “Lo que importa conocer de otro, especialmente si es hombre público, no es lo que dice ser su doctrina, y cómo habla, sino cómo obra. El que no conforma sus obras con sus palabras es un falsario, de quien es preciso temerlo todo”.

28 de marzo de 2011

LA CASA DE AREQUIPA


La casa en que nací, en el número 101 del Boulevard Parra, en Arequipa, el 28 de marzo de 1936, no tiene ninguna distinción arquitectónica particular, salvo la vejez, que sobrelleva con dignidad y que le da ahora cierta apariencia respetable. Es una casa republicana, de principios del siglo veinte.

Había oído en la familia que desde su lado este se tenía una magnífica vista de los tres volcanes tutelares de mi ciudad natal, pero ahora ya no se ven los tres, solo dos, el Misti y el Chachani, que lucen esta mañana soberbios y enhiestos bajo el sol radiante. En los 75 años transcurridos desde que vine al mundo han surgido edificios y construcciones que ocultan casi enteramente al tercero, el Pichu Pichu. Otro mérito de esta casona es haber resistido los abundantes temblores y terremotos que han sacudido a Arequipa, tierra volcánica, si las hay, desde entonces.

Consta de dos pisos y desde su terraza trasera se divisa una buena parte de la sosegada campiña arequipeña, con sus pequeños huertos y chacras. Su jardín delantero está completamente muerto, pero las lindas baldosas modernistas de la entrada brillan todavía. La familia Llosa alquilaba el segundo piso a los dueños, la familia Vinelli, que vivía en la planta de abajo. La primera vez que yo pude entrar y conocer por dentro la casa donde nací y pasé mi primer año de vida fue a mediados de los años sesenta. Entonces vivía allí, solo, un señor Vinelli, afable viejecito que se acordaba de mi madre y mis abuelos, y que me enseñó el cuarto donde mi madre estuvo sufriendo lo indecible durante seis horas porque yo, por lo visto, con un emperramiento tenaz, me negaba a entrar en este mundo. La comadrona, una inglesa evangelista llamada Miss Pitzer, después de esta batalla tuvo todavía ánimos para ayudar a dar a luz a la madre de Carlos Meneses, que es ahora director del diario “El Pueblo” de Arequipa.

Como solo viví un año aquí, no tengo recuerdo personal alguno de la casa del Boulevard Parra. Pero sí muchos heredados. Crecí en Cochabamba, Bolivia, oyendo a mi madre, mis tíos y abuelos contar anécdotas de Arequipa, una ciudad que añoraban y querían con fervor místico, de modo que cuando vine por primera vez a la Ciudad Blanca –así llamada por sus hermosas iglesias, conventos y casas coloniales construidas con piedra sillar, que destella con la luminosidad de las mañanas–, yo tuve la sensación de conocerla al dedillo, porque sabía los nombres de sus barrios, de su río Chili, de sus volcanes y de esas barricadas de adoquines que levantaban los arequipeños cada vez que se alzaban en revolución (lo hacían con frecuencia).

Mis primeros recuerdos personales de Arequipa son de ese viaje, que tuvo lugar en 1940. Había un Congreso Eucarístico y mi mamá y mi abuela me trajeron consigo. Nos alojamos donde el tío Eduardo García, magistrado y solterón, que era reverenciado en la familia porque había estado en Roma y visto al Papa. Vivía solo, cuidado por su ama de llaves, la señora Inocencia, que puso bajo mis ojos, por primera vez, un chupe de camarones rojizo y candente, manjar supremo de la cocina arequipeña, que luego sería mi plato preferido. Pero esa primera vez, no. Me asustaron las retorcidas pinzas de esos crustáceos del río Majes y hasta parece que lloré. Del Congreso Eucarístico recuerdo que había mucha gente, rezos y cantos, y que un señor con corbata pajarita, en lo alto de una tribuna, discurseaba con ímpetu. Lo aplaudían y mi abuelita Carmen me instruyó: “Se llama Víctor Andrés Belaunde, es un gran hombre, y además nuestro pariente”. Estoy seguro de que en ese viaje ni mi madre ni mi abuela me mostraron la casa en que nací.

Porque la casa del Boulevard Parra traía a mi madre recuerdos siniestros, que solo muchos años después, cuando yo era un hombre lleno de canas y ella una viejecita, se animó a contarme. En esa casa se había casado, con un lindo vestido de novia, en un oratorio levantado bajo la escalera –lo atestigua la fotografía de los “Vargas Hermanos”, inevitables en todos los casamientos de la Arequipa de entonces–, con mi padre, un año antes de mi nacimiento, y de allí habían partido ambos hacia Lima, donde la pareja viviría. Se habían conocido en el aeropuerto de Tacna poco antes y mi madre se había enamorado como una loca de ese apuesto radiooperador que volaba en los aviones de la Panagra. Mis abuelos habían intentado demorar esa boda. Les parecía precipitada y rogaron a mi madre esperar un tiempo, conocer mejor a ese joven. Pero no hubo manera, porque a Dorita, cuando algo se le metía en la cabeza, nadie se lo sacaba de allí, ni siquiera cortándosela (rasgo que, creo, también le heredé).

El matrimonio fue un absoluto desastre, por los celos y el carácter violento de mi padre. Sin embargo, cuando mi madre quedó embarazada, el caballero pareció amansarse. Mi abuelita anunció que iría a Lima, a acompañar a su hija durante el parto. Mi padre propuso que más bien Dorita viajara a dar a luz a Arequipa, rodeada de su familia. Así se hizo. Desde el día en que se despidieron, el caballero no volvió a dar señales de vida, ni a responder las cartas y telegramas que mi madre le enviaba. Así fue como ella, mientras yo crecía en su vientre y pegaba las primeras pataditas, descubrió que había sido abandonada. “Fue un año atroz”, me confesó, con la voz que le temblaba. “Por la vergüenza que sentía. Durante el primer año de tu nacimiento no salí casi nunca de la casa del Boulevard Parra. Me parecía que la gente me señalaría con el dedo”. Había sido abandonada por un canalla y era ella la que se sentía avergonzada y culpable. Tiempos atroces, en efecto.

Todas las veces que he venido a Arequipa desde entonces y he pasado por el Boulevard Parra a echar un vistazo a la casa en que nací, he tratado de figurarme lo que debió ser la vida de esa muchacha veinteañera, con un hijo en brazos y sin marido, (cuando mis abuelos, a través de un abogado amigo, hicieron saber a mi padre que había tenido un hijo, él se apresuró a entablar una demanda de divorcio), autosecuestrada en esta vivienda por temor al qué dirán. Los abuelos debieron también sufrir mucho con lo ocurrido y pensar que aquello era una deshonra para la familia. Por eso, nadie me quita de la cabeza que la familia Llosa abandonó el terruño al que estaba tan aferrada y partió a Bolivia para poner una vasta geografía de por medio con aquella ‘tragedia’ de la pobre Dorita.

¿Lo consiguieron? ¿Fueron felices en Cochabamba? Yo creo que sí. Recuerdo mis años cochabambinos como un paraíso. En la gran casa de la calle Ladislao Cabrera, la vida de la tribu familiar parecía transcurrir con sosiego y alegría. Mi madre era joven y agraciada, pero nunca aceptó galanes, en apariencia porque, siendo tan católica, para ella no había más que un matrimonio, el de la Iglesia. Sin embargo, la razón profunda era que, pese a todo, seguía amando con toda su alma al caballero que la maltrató. Que diez años después de su ‘tragedia’ volviera a juntarse con él, así lo demostraría.

Pero esta mañana soleada y hermosísima no está para pensar en cosas tristes y truculentas. El cielo es de un azul impresionista y hasta el desvencijado caserón del Boulevard Parra parece contagiado del regocijo general. El alcalde de Arequipa acaba de decir unas cosas muy bonitas sobre mis libros y si mi madre hubiera estado aquí habría soltado algunos lagrimones. El burgomaestre recordó, también, todo el tiempo que han pasado aquí los Llosa, desde que llegó a esta tierra el primero de la estirpe, a comienzos del siglo dieciocho, don Juan de la Llosa y Llaguno, desde la remota Trucios, un enclave cántabro incrustado en Vasconia. Y por supuesto que mi madre se hubiera alegrado mucho de saber que esta casa que le traía tan malos recuerdos será, a partir de ahora, una institución cultural, donde los arequipeños vendrán a leer y a sumergirse en las fantasías literarias y a soñar con ellas y a vivirlas, como ella me enseñó a hacer para buscar la felicidad cuando todavía yo babeaba y mojaba las sábanas a la hora de dormir.

Por: Mario Vargas Llosa

25 de marzo de 2011

SIMILITUDES QUE PREOCUPAN

Del discurso prorrevolucionario, anticapitalista y confrontacional que exhibía como candidato presidencial en el 2006, Ollanta Humala ha pasado a un discurso moderado, conciliador y casi liberal en el 2011. Sin embargo, esa misma imagen “bipolar” del cual hacen mención algunos especialistas de márketing político guarda muchas similitudes con el entonces candidato presidencial del Movimiento V República, Hugo Chávez, antes de ser elegido jefe del Estado Venezolano en las elecciones de 1998. Un día antes de los comicios en su país, Chávez habló de respeto a la democracia, a la libertad de prensa y a las inversiones privadas, tal como lo hace ahora Humala. Lo que se vive en Venezuela dice todo lo contrario.

Empresa privada: “Si el temor es la estatización, digo con claridad que no estatizaremos nada y que vamos a respetar la propiedad privada” (Ollanta Humala, 26/12/10) .

“No, no vamos a nacionalizar nada. Incluso estamos dispuestos a darle mayores facilidades a los capitales privados transnacionales para que vengan a invertir en diversas áreas”. (Hugo Chávez, 5/12/1998, Univisión).

Elecciones: “No estamos de acuerdo con la reelección indefinida [...] No vamos a entregar el Perú a Chávez, no seguiremos su modelo”. (Ollanta Humala, 26/12/10)

“No habrá reelección… Estoy dispuesto a entregar el poder en cinco años [...] Si a los dos años resulto a un fiasco me voy”. (Hugo Chávez, 5/12/1998, Univisión).

Libertad de prensa: “Sin transparencia no puede haber democracia, y a la política le hace bien la labor fiscalizadora de los medios de comunicación. De nada vale presionarlos”. (Ollanta Humala, 18/03/11)

“Se respetará los medios de comunicación [...] Los demás canales deben seguir siendo propiedad privada”. (Hugo Chávez, 5/12/1998, Univisión).

“¡Ollanta, compadre, eche pa’lante y salve al Perú…!”
(Hugo Chávez, el 28 de abril del 2006, al confirmarse que Ollanta Humala y Alan García pasaron a la segunda vuelta electoral).

OLLANTA HUMALA NO HA CAMBIADO

El candidato Ollanta Humala intenta desde hace unas semanas acercarse al centro y mostrarse como un candidato más moderado, que no tiene reparos en dejar de lado su jean y polo blanco por un elegante terno y corbata, se reúne con empresarios y la Iglesia y transmite mensajes de tranquilidad.

Sin embargo, del análisis de su plan de gobierno difundido en la página web del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) se puede afirmar que Humala sigue pretendiendo un cambio total del sistema de gobierno que se ha aplicado en las últimas dos décadas en el Perú, por lo que la etiqueta de ‘candidato antisistema’ todavía describe sus intenciones.

La diferencia está en que en el 2006 exhibía con más vehemencia –en su discurso político– su propuesta de un cambio radical. Hoy ha moderado ese discurso, al menos para la tribuna electoral.

Esto no ocurre con su plan de gobierno 2011-2016 titulado “La gran transformación”. En el texto se vuelven a observar algunos de los ejes fundamentales de su discurso político radical del 2006.

Por ejemplo, parte de una satanización del modelo que, con algunas variantes, se aplica en el Perú desde hace 20 años.

Sin reconocer algún mérito a dicho modelo se señala que a su entender este ha generado mejores cifras pero no desarrollo. Es más, para el humalismo el Perú no ha mejorado sino que está peor. Su diagnóstico de la realidad nacional es más que pesimista.

En el 2006 el humalismo afirmaba: “El neoliberalismo ha provocado la desnacionalización salvaje de los recursos fundamentales del país y un deterioro casi irreversible del patrimonio natural y cultural que arruina el presente e hipoteca el futuro de todos los peruanos”. (Pág. 3)

El texto del plan del 2011 es similar pues afirma que el modelo que se aplica “acentúa la desigualdad social, depreda los recursos naturales violenta la legalidad y la democracia y no genera desarrollo”. (Pág. 7)

Luego de sustentar por qué en su opinión el modelo no funciona, plantea, al igual que el 2006 un cambio radical. Propone una economía nacional de mercado distinta al modelo de economía social de mercado(estipulado en el artículo 58 de la Constitución), que con distinto énfasis han aplicado los gobiernos sucesivos de Alberto Fujimori, Alejandro Toledo y Alan García.

Es por eso que Humala, al igual que en el 2006 plantea que para poder ejecutar “La gran transformación”– que advierte es de largo plazo sin precisar cuántos gobiernos requerirá para implementarla– es imprescindible un cambio constitucional.

Es ahí donde surgen conceptos que parecen extraídos del lenguaje marxista y velasquista de la década de los 70.

“El modelo neoliberal extremo y el Estado predatorio son hermanos mellizos alumbrados en el mismo parto. […] Para los pobres se entregan las migajas del banquete a través de un neopopulismo elemental: reducir la pobreza con dádivas”. (Pág. 31)

O también: “El Perú, como Estado democrático, requiere de un Estado soberano y autónomo –con respecto a las clases dominantes y a los poderes extranjeros– y al servicio de todos los peruanos. Ello requiere organizarlo sobre una vasta coalición democrática de los empresarios nacionales, las clases medias y las clases populares que le den sustento a la estabilidad”. (Pág. 24).

Como se observa, algunos de los recientemente visitados por el ‘nuevo Humala’– empresarios, exportadores, la Iglesia–son excluidos de esta suerte de “gran coalición” para la “gran transformación”.

LOAS A VELASCO
El plan también destaca la gestión del dictador Juan Velasco Alvarado (1968-1975) que instauró un Gobierno Revolucionario de las FF.AA.: “A través de profundas reformas estructurales, de las cuales la reforma agraria fue sin duda la más importante, el gobierno militar liquidó a la oligarquía y al gamonalismo, puso límites a la dominación norteamericana , organizó un bloque nacional-popular. Ofreció mejores condiciones de vida a las clases populares y reconoció a los indios y a los cholos”. (Pág. 31).

¿UN LOBO VESTIDO DE CORDERO?
Pero además de señalar que su plan del 2006 tiene los mismos ejes temáticos que el del 2011 –es el mismo Humala pero con saco y corbata–, se puede sostener que el líder nacionalista en su campaña electoral de cara al público está realizando afirmaciones que contradicen o suavizan lo que sustenta en su plan de gobierno.

Por ejemplo, ha asegurado que respetará los acuerdos firmados por el Estado. Sin embargo, de la lectura de sus propuestas no quedan dudas de que sus intenciones son otras. Afirma que la explotación de los recursos naturales del Perú “aprovechada generalmente por minorías económicas extranjeras no puede continuar”. (Pág. 32)

También se puede afirmar que el humalismo pretende regresar a un modelo estatista, a pesar de que ha sido negado por sus dirigentes con giros conceptuales que no convencen, puesto que plantean “la nacionalización de la actividades estratégicas” aunque hacen la salvedad que esto se hará “no necesariamente con estatizaciones”. (Pág. 79). El documento adelanta que la nueva Constitución “consagrará la participación empresarial del Estado en el sector energético y supeditará la libre disposición de los recursos energéticos a los intereses nacionales”. (Pág. 83)

Por último, advierten que el Perú “tendrá un Estado fuerte” (Pág.196), que, por ejemplo, “impedirá la reconcentración de tierras y la vuelta al latifundio”. (Pág. 127)

En realidad este es apenas un extracto de lo que puede significar la “Nueva República” que pretende instaurar Humala en el Perú. El plan de 198 páginas también postula renegociar los tratados de libre comercio, revisar todos los contratos de concesión de carreteras; renegociar contratos de explotación y exploración petrolera entre otras modificaciones de fondo para volver al Estado más fuerte. Y una última cita para cerrar: “Recuperaremos la infraestructura de Paita y Matarani de sus ilegales privatizaciones”. (Pág. 95).

Por: Cecilia Rosales Ferreyros

24 de marzo de 2011

FLOR DE LIZ

Ayer murió la mujer más bella del mundo. Y con ello, los medios de prensa abrieron una represa de adjetivos: luminosa, memorable, legendaria, incandescente, única. Como en pocos casos, hoy ningún superlativo resulta exagerado.

Su corazón no resistió. La mujer de la mirada violeta falleció tras una larga serie de dolencias que se ensañaron con un cuerpo antes perfectamente esculpido. La inmortalidad de su recuerdo nos devuelve ahora el perfecto retrato de una Elizabeth Taylor brillante en el escándalo social y la interpretación actoral, del objeto del deseo para la platea masculina de los años cincuenta y sesenta, y la diva de los modistos más renombrados. Fue, además, la maestra de varias generaciones de mujeres que aprendieron de su elegancia, su estilo y de su ejemplo para liberarse de los maridos aburridos.

¿Qué convierte a una actriz en leyenda? Los anglosajones acuñaron la frase “bigger than life” para hablar de aquellas estrellas extraordinarias cuya intensidad supera la sumatoria de una fotogénica imagen, una larga lista de películas importantes o una vida turbulenta y apasionada. Liz Taylor no necesitó morir joven para convertirse en un mito. Por el contrario, su poderosa influencia en la cultura popular radica en haber nacido casi a los ojos de su público, y proyectado su carrera a lo largo de la edad de oro del cine. Liz es la diosa que decidió envejecer al lado de nosotros, los mortales.

20 de marzo de 2011

EL HÁBITO NO HACE AL CANDIDATO

Leo con preocupación la manera en que el candidato del Partido Nacionalista, Ollanta Humala, crece en la intención de vota hasta llegar al tercer puesto en la encuesta publicada el día de hoy en El Comercio.

Y estoy preocupado porque estoy totalmente convencido de que un gobierno Nacionalista representaría la crisis económica peruana y la pérdida del sistema democrático como en Venezuela, Cuba, etc., países cuyos "presidentes" son grandes amigos del Comandante Humala.

Para estas elecciones presidenciales el Comandante Humala ha tratado de disfrazar, ante los incautos ojos de la mayor parte del electorado, sus tendencias dictatoriales y de izquierda radical que tanto mal le hacen a la izquierda peruana. Para muestra unos ejemplos:
  • En estas elecciones no se ha visto por ningún lado a su papá y a su santa madre (recordemos lo que decían hace 5 años sobre el Perú, los homosexuales, los corruptos, los chilenos, etc.: "muerte para todos"), el Comandante los ha escondido muy bien para que no hablen y le resten puntos. Pero con esos padres y con la formación familiar que recibió de estas personas intolerantes y xenofóbicas ¿podrá dirigir el destino de un pueblo cuyos límites, precisamente están con Chile?
  • Ha cambiado su típico polo rojo (que más lo acercaba con su posición izquierdista radical real) por el polito blanco, para dar la imagen de buena gente, demócrata y demás sazones que el pueblo le quiera agregar. Un candidato que reniega de su pasado político y cambia de manera hipócrita para quedar bien, como bueno ¿podría serle leal al Perú y cumplir las promesas que viene haciendo?
  • Ha cambiado hasta el nombre de su agrupación política ( el otrora Partido Nacionalista Peruano) que lo identificaba y aún lo identifica con sus propuestas políticas y económicas nacionalistas y estatistas que lo hicieron perder las elecciones pasadas; por la Alianza Gana Perú, que lo hace más moderno, no menciona nacionalizaciones ni estatizaciones (no le hace falta, ya que están en su plan de gobierno), cree que le pueblo es ignorante y olvidadizo (aunque lo de olvidadizo si lo creo, sino vean a García en Palacio y a Keiko Fujimori en segundo lugar). Un candidato que no tiene el mínimo reparo en cambiar de nombre a su agrupación política por cuestiones electorales, por cuestiones de quedar bien, de dar otra imagen ¿podrá mantener una política socio económica viable en el tiempo, o acatará los antojos de sus padrinos extranjeros?
  • Ha dejado en el olvido a su propio hermano (Antauro) y a los soldados que se alzaron en armas bajo sus órdenes, mientras él estaba cómodamente sentado en su oficina en Corea. La familia es sagrada, uno puede estar peleado con sus hermanos, pero cuando hay necesidad uno demuestra realmente su calidad de persona. Un candidato que no muestra el mínimo cariño por su hermano ¿podrá decir que ama al Perú?
  • Ha elaborado un plan de gobierno que recoge lo que se hizo en Venezuela, Bolivia, Cuba, etc. olvidando lo que el amauta José Carlos Mariátegui decía: "El Marxismo no es calco ni copia". Cada país tien sus propias caracteristicas y su propia realidad social, creer y sostener que si las mineras no pagan lo que se les pide (como el caso del gas en Bolivia) se les va a botar es tan absurdo como creer que Perú tiene más petroleo que Venezuela y puede hacer lo mismo que Chávez (que reniega, insulta y ladra contra el "Imperio yanqui" y sin embargo le vende petroleo). Un candidato presidencial ¿puede gobernar un país que cree es como otros, que no toma en cuenta la realidad social del Perú?
Punto aparte merecen los grandes intelectuales de la izquierda peruana, Sinesio López, Alberto Adrianzén, Nicolás Lynch, etc., que han decidio apoyar al Comandante Humala, personalemnte lo considero una decepción que tremendos intelectuales se hayan ido a arrimar a un árbol a punto de caer.

Confio en que el pueblo peruano recapacite en sus intenciones en estas últimas semanas, coincido plenamente en que las cosas tal como están, están mal y creo firmemente en que es urgente un cambio desde la estructura económica hasta la superestrutura social y política de nuesttro país, en eso coincido con el Partido Nacionalista, pero estoy totalmente convencido de que Ollanta Humala no es la persona idonea para esta labor y dudo que si gana las elecciones en el 2016 tengamos elecciones democráticas, para muestra un ejemplo de países que él apoya: Venezuela: Chávez 12 años en el poder, Cuba: Castro 50 años en el poder, Libia: Gadafi: 40 años en el poder, etc., etc. Por el bien del Perú esto no puede suceder.

18 de marzo de 2011

EL ESTERTOR DE VELASCO

Ollanta Humala se presenta ahora con una imagen y un discurso menos agresivos. Incluso reconoce que el país está creciendo, lo que, si hubiese lógica, implicaría una aceptación del modelo económico. Además, bien asesorado por especialistas brasileños, ha empezado a segmentar el mercado electoral y ofrece beneficios considerables a grupos específicos: una pensión de jubilación para todos los mayores que no la tengan, cunas para todos los bebes y niños, universalizar la educación inicial (aunque esto lo ofrecen todos), subir sueldos, etc. En lugar de reducir costos y trabas para que los informales se formalicen y contribuyan para acceder a seguridad social y pensiones, propone regalar la seguridad y las pensiones para que no tengan necesidad de formalizarse y mantener, así, a una clientela política permanente: dependientes en lugar de ciudadanos.

¿Cómo financiaría esa costosa distribución de beneficios y sueldos? Pues también lo ha dicho: subiendo considerablemente la carga tributaria a la minería. Ha precisado que el canon minero –que es el 50% del Impuesto a la Renta, es decir, 15 puntos– lo pagarán las empresas y no el Estado, lo que quiere decir que los 15 puntos se agregan a los 30. Estamos hablando, entonces, de un Impuesto a la Renta de 45% cuando menos. A esto se agrega un impuesto a las sobreganancias y nuevas regalías. Tranquilamente podríamos llegar, entonces, a una carga de 60%, sin considerar el 8% de las utilidades que va a los trabajadores. Es decir, una carga boliviana, que es lo que ha causado que las reservas de gas en ese país hayan caído a la cuarta parte. En buena cuenta, la receta perfecta para que no venga más inversión, más aun considerando que ya hoy, tal como estamos, la carga tributaria sobre la minería es mayor que en nuestros competidores como Chile y Australia, aun después de que estos han incrementado regalías. Tendríamos entonces, sí, más ingresos durante un tiempo para financiar beneficios a los informales y otros gastos sociales. Pero la fiesta duraría poco. Mataríamos a la gallina de los huevos de oro. Al retraerse la inversión, el gobierno nacionalista pasaría a la segunda etapa, señalada en el plan de gobierno: la nacionalización de los sectores estratégicos, signifique ello lo que signifique. Y acaso al círculo vicioso de las expropiaciones, como en Venezuela. Y al cambio de la Constitución, para legalizar el cambio del modelo económico. De esa manera, habríamos echado por la borda la conquista más importante de la nación peruana en su historia republicana: un crecimiento acelerado y sostenido que no quema sino genera reservas, que no expulsa sino repatria capitales, y que reduce la pobreza de manera rápida. Sería el estertor de Velasco Alvarado.

Por: Jaime De Althaus Guarderas